demasiados coches

El coche es uno de los grandes inventos del siglo pasado. Que tantas personas puedan acceder tan fácilmente a una máquina tan poderosa y sofisticada es un gran logro de la humanidad. Sin embargo hemos hecho un mal uso de esa creación, de forma que ha acabado siendo un objeto que restringe la libertad de las personas.

Un coche pesa más de un tonelada y lo usamos cotidianamente para desplazar a una persona de 100 kilos como mucho. Es desproporcionado e ineficiente. Podemos mejorar la eficiencia de sus motores y experimentar con combustibles más eficientes, pero al fin y al cabo estamos desplazando una masa como poco 10 veces mayor que la que de hecho necesitamos desplazar.

Además de pesar mucho los coches ocupan mucho. Un coche parado ocupa un espacio considerable, pero además son unas bestias rígidas que necesitan mucho espacio para maniobrar. De forma que para que sus movimientos sean ágiles o solo posibles las ciudades deben construirse a su medida. Así llegamos a casos como el de Madrid, donde la mayoría del espacio público está dedicado al tráfico rodado.

Son unas máquinas pesadas y rápidas que comparten el espacio público con las frágiles y lentas personas. Así ocurre que a menudo colisionan, coche con coche o con persona. Los accidentes de tráfico son la principal causa de mortandad entre personas jóvenes y los peatones son los que se llevan la peor parte (mapfre seguridad vial). Supongo que la cifra de muertos y heridos es poco significativa comparada a la de personas que comparten el espacio público, pero todos los que deambulamos por la ciudad nos vemos constantemente bajo la amenaza de un atropello. Tengo un niño de año y medio cuya gran afición es correr. Lo hace despendolado, porque es muy pequeño y es lo que tiene que hacer. Ello me obliga a tenerle siempre lo más amarrado posible, carrito, mochila o de la mano firmemente sujeto. Y lo peor, me obliga a explicarle que no debe correr. ¿No debe correr en la calle un niño que está aprendiendo a correr? Pues no, no puede, se juega la vida.

Que un niño pequeño no pueda disfrutar del espacio público sin arriesgar su vida es injusto y es imbécil, nos hemos equivocado, hemos convertido una pieza de ingeniería fabulosa en una carga para la sociedad. Hay que repensar el espacio que compartimos en las ciudades.

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